Pedro

  • Hola, soy un voluntario de la Asociación Reto y quisiera contaros mi experiencia.
    Tuve problemas en el pasado, comenzaron siendo niño, por mi propio orgullo y rebeldía. En primer lugar hacia mis padres y hermanos (soy el séptimo de ocho hermanos). La desobediencia reinaba en mi vida y esto me empujó a irme del ambiente familiar y buscar refugio en la calle, juntándome con otros chicos más mayores que yo. Aprendí rápido lo malo (palabrotas, robar…); con catorce años empecé a fumar porros y a beber alcohol, con dieciséis años probé otras drogas.
    Mi vida fue de mal a peor y con dieciocho experimenté la cárcel por primera vez, a ésta se le unieron dos veces más, hasta que con veinticuatro años quise desintoxicarme con médicos y otras terapias (metadona, psicofármacos, etc…). Pensé en el suicidio varias veces y en una ocasión me decidí, y casi lo consigo. Recuerdo que al despertar maldije a las personas que trataban de reanimarme por haber devuelto mi vida a este infierno de nuevo. Con veintisiete años pedí ayuda a la Asociación Reto, era gratuito y, lo más importante, te daban plaza sin larga espera. Fue mi primer contacto con gente voluntaria que de corazón trataban de ayudarme; con sus vidas me transmitían esperanza de empezar a vivir de nuevo (como una segunda oportunidad). Ellos habían tenido un pasado parecido, igual o incluso peor que el mío, pero tenían algo especial. Me hablaban de la palabra de Dios y eso me animó a leerla y fue mi sorpresa cuando ahí conocí al mayor voluntario que existió. Jesús dio su vida voluntariamente por nosotros y me daba la oportunidad de creer en Él, para vivir una vida libre y encontrar el camino verdadero depositando mi confianza en Él. No tardé en ver los resultados y tomé la decisión de ser voluntario. Algo nació en mi corazón para poner mi vida al servicio de los demás y poder orientar y transmitir esta nueva vida a otros. Hoy sigo voluntariamente en la Asociación Reto después de un tiempo con esperanzas de ayudar a otras personas.
  • Cesar - UN CAMBIO MILAGROSO

    Hola, me llamo César Martínez Arnau y quiero contar cómo mi vida cambió milagrosamente gracias a Dios.
    Yo nací en el seno de una familia humilde y trabajadora que, por todos los medios, trató de darme lo mejor. Mis padres querían darme una buena educación y transmitirme unos valores, pero yo los iba rechazando y, lleno de mí mismo, mi orgullo y mi soberbia se iban apoderando de mí e influyendo en mi manera de vivir.
    Pronto fui seducido por los ambientes musicales que me incitaban a oponerme a toda autoridad: mis padres, política, policía, mis jefes cuando trabajaba… No había otra autoridad sino la mía. No tardé en dar rienda suelta a mis deseos y en meterme en la espiral de las drogas. Lo que en principio era un tiempo de ocio, de diversión, de desconectar de aquello que me causaba malestar u oposición, se convirtió en angustia y desesperación. Pero a pesar de ello, mi manera de concebir la vida me impedía darme cuenta de la necesidad que yo tenía. Pensaba que podría abandonar esos hábitos en el momento que yo quisiera, pero fue imposible.
    Mi familia trató de ayudarme por medio de médicos o de estar vigilado o encerrado en casa, pero todo esto no dio fruto alguno. Después de varios años luchando, el problema seguía su curso; tuve problemas con la policía, abandoné mi hogar y perdí la relación con muchos conocidos. En una ocasión, tras una detención y un juicio rápido, queriendo evitar entrar en la cárcel, le manifesté a mi abogada mi intención de ingresar en un centro para desintoxicarme de las drogas, pero no hallaron plaza para mí en los centros que el gobierno ofrece.
    De repente me acordé de la casa que tiene la Asociación Reto a la Esperanza en la comunidad de Valencia. Había pasado muchas veces delante de ella, pues está pegada a la carretera cerca de la localidad donde yo vivía. Mi abogada llegó a un acuerdo con el juez, y con el apoyo de mi familia, me dirigí a Centro Reto de Valencia, donde me informaron de que debía salir de mi entorno y tenía que ingresar en Barcelona. Mi familia me acompañó hasta Ripollet (Barcelona), por si en el trayecto cambiaba de idea. Mis hermanas y mi cuñado iban leyendo el folleto del centro, donde se informaba del funcionamiento y de que se tenía por guía la Biblia y su fundamento era cristiano.
    Yo no sabía qué era eso de ser cristiano, pero ahora entiendo que Dios estaba empezando a hacer su obra, pues yo estaba desechando la vida que había llevado y me decía a mí mismo: “me da igual si tengo que estar uno, dos o diez años, no quiero volver a vivir de esta manera”. Cuando llegué a Ripollet, me llevaron a una casa donde estaban los chicos que habían tenido problemas como yo. Desde un principio había personas que me animaban y me mostraban un afecto que no entendía; me hablaban de la palabra de Dios y trataban de transmitirme su experiencia de cómo Jesucristo les había cambiado. No tardé en diferenciar a los cristianos de aquellos que se encontraban en la misma situación que yo. Recuerdo que observaba por un lado a los que estaban abatidos y llenos de sí mismos, como yo; y por otro lado a los cristianos, los cuales tenían otro semblante, otras conversaciones y otras actitudes. Estas personas me animaban y estimulaban a ser como ellos, a vivir bajo el convencimiento que ellos tenían y a hablar de las cosas que ellos hablaban. Comencé a escuchar con atención lo que se decía en las reuniones y en los paseos; Dios preparó mi corazón y, en cierta manera, no fui rebelde a lo que Él estaba queriendo hacer en mí. Escuchando su palabra, Dios me iba mostrando que mi rebeldía, mis desacuerdos, mis vicios, etc.… estaban en mí por vivir de espaldas a Él. Me hablaban de la obra de Cristo en la cruz, que Él había muerto por mis pecados.
    Empecé a sentirme mal al darme cuenta que mi vida había sido una ofensa continua contra Dios, contra aquél que fue a la cruz por mí. Varias cosas tocaron fuertemente mi corazón. Una noche soñé que estaba en casa de mis padres y una de mis hermanas ofendía a Jesucristo; entonces yo empecé a hablarle de quien era Cristo, de su amor y de lo que había hecho por nosotros. Mi asombro fue que a la mañana siguiente recordaba exactamente todas las palabras, y supe que ese entender de lo que Cristo era y había hecho no estaba antes en mí. Esto me llevó a pedirle que tuviese misericordia, que me perdonara. Cuando oraba rompía a llorar y me quebrantaba el pensar que aquel ser puro y santo había muerto por mí, para que por Él, pudiera tener yo vida y ser salvo. Después de esto, una mañana orando, vino a mí un deseo de comprometerme con Dios y mi oración a Dios fue: “si tú vas a ser mi Dios yo te voy a servir”. Puedo testificar claramente que desde entonces hasta el día de hoy no he quedado desilusionado. Luego Dios me permitió ver que Él estaba conmigo. Un día, haciendo recados, me crucé con un primo mío que es camionero, pero nos fue imposible parar a saludarlo.
    A la mañana siguiente le pedí a Dios que pudiese ver a mi primo; pasó la mañana y se me olvidó lo que había pedido, pero a Dios no; cuando llegué a Ripollet, allí estaba mi primo. La verdad que Dios cambió mi vida milagrosamente. Y para concluir quisiera citar una porción del nuevo testamento: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”. (Fil. 3: 12-14). Gracias.
     
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